ASHANINKA
CAPÍTULO UNO
CHANCHAMAYO
Guiándome
por un croquis elaborado por mi amigo el ingeniero Del Carpio, iba pilotando mi
flamante motocicleta con dirección a Villa Perené, pueblo recientemente elevado
a la categoría de Distrito en la Provincia de Chanchamayo, perteneciente al
Departamento de Junín en el sector correspondiente a la Selva Central de la
República del Perú.
No
tenía apuro; así que llevaba mi vehículo en ralentí sin que su velocidad
sobrepasara los veinte kilómetros por hora y de ese modo era como podía admirar el esplendoroso paisaje que se ofrecía generosamente a mí vista.
Así fue como llegue a un pequeño riachuelo, atravesándolo por un badén natural
y llegue al pequeño poblado de nombre Kimire, que de acuerdo a lo que me habían
informado con anterioridad, fue el primer lugar en donde los curas franciscanos
españoles fundaron una misión durante la primera mitad del siglo XVII.
En la época
Republicana, los colonizadores construyeron un puente que atraviesa hasta hoy
el río Chanchamayo, con miras a utilizarlo para ingresar a Nijandaris, poblado en
poder de la etnia Asháninka. Este puente sobre el rio Chanchamayo no
obstante el tiempo
transcurrido desde su
construcción a la fecha,
se mantiene en buenas condiciones, claro está; gracias a las reparaciones de
las que ha sido objeto en varias oportunidades y los ensanches correspondientes
a las nuevas necesidades de acuerdo a la época, de modo que en la actualidad se
puede atravesar aunque con alguna dificultad, a bordo de vehículos pequeños
como camionetas, autos y motocicletas.
Continué adelante comprometiéndome conmigo
mismo para en otra oportunidad atravesar ese puente histórico. De ese modo fue
como proseguí por la carretera de penetración que iba bordeando aguas abajo por
la orilla izquierda del río Chanchamayo y así llegue al puente de fierro
llamado Reiter, que lo atravesaba, cuyo nombre se debía a un colono limeño que
llegó a ser cacique de los Asháninka, al contraer matrimonio con una princesa
de esa etnia Amazónica.
Este imponente puente atraviesa de orilla
a orilla el río Chanchamayo, poco antes de unirse con el río Paucartambo, desde
donde toma el nombre de río Perené, que conforme avanza va recibiendo el aporte
hídrico de tributarios por ambas márgenes, merced a lo cual aumenta
notablemente de caudal hasta llegar a ser navegable. Pero poco antes de llegar
al puente Reiter, la carretera se bifurca. En caso se tomara por el ramal de la
izquierda, después de recorrer medio kilómetro se pasaba por el pie de un pequeño
poblado fundado por los
franciscanos en el siglo XVII con
el nombre de San Luis de Shuaro. Allí; el
Ministerio de Cultura estableció un Jardín Botánico llamado El Perezoso.
Como mi destino era Pampa Silva, ignoré el
ramal de la izquierda y atravesé el puente Reiter en pos de mi
destino, subiendo por una altura que va por encima de la margen derecha del río
Perené, desde donde se veía un valle largo no muy grande cultivado con frutales
y café. Sin darle mucha importancia al paisaje, proseguí adelante por
encontrarme preocupado pensando en lo que tendría que hacer para cumplir las
órdenes del Gerente General de la firma Kubota Maquinarias S.A. para la que
trabajaba y aperturar una oficina de exhibición y venta de las maquinarias de
esa empresa que yo vendía.
Conforme avanzaba iba pensando en las razones
que mi jefe me diera para establecernos en Pampa Silva y no en La Merced, que
era la capital de la Provincia y le di la razón, puesto que en Pampa Silva funcionaba
una sucursal del Banco Agrario en donde se recibían las solicitudes de préstamo
para adquisición de maquinaria agrícola de los colonos naranjeros de los
alrededores, que desearan adquirirlas por medio de esa financiación, razón
debida a la cual esa localidad era muy visitada por ellos, en donde los
calificaban como sujetos a crédito o no, siendo esa la oportunidad para
entrevistarlos y ofrecerles la maquinaria que mi empresa distribuía.
De pronto llegue a un pequeño ramal de la
carretera afirmada por donde conducía mi motocicleta, el que de acuerdo a los
informes recibidos llevaba a la vivienda del gringo Reiter y recordé la
historia que escuché respecto a su persona, proponiéndome conocerlo
personalmente. Me introduje por ese ramal y bajando una
pendiente medianamente pronunciada, llegue de pronto a una gran explanada libre de árboles y
malezas, en la que habían edificado una vivienda utilizando
para ello materiales rústicos
de la zona y siguiendo los cánones de construcción de los nativos Asháninka.
Esta era de forma circular
y de gran tamaño, dado que aplicando mentalmente la cuadratura del círculo
llegue a la conclusión que debía tener no menos de 144 metros cuadrados de
superficie. Se encontraba levantada
sobre un tabladillo de Pona batida (Palmeracia típica de la Amazonía), lustrada
y asentada sobre pilotes, con un barandal circundante que delimitaba su gran
porche, al que se accedía por medio de unas escaleras de madera mohena,
primorosamente tallada (madera preciosa de color amarillo intenso). Un señor ya
anciano al que calculé no menos de sesenta y cinco años de edad, salió a
recibirme y amablemente me dijo:
-¡Pase señor; pase por aquí!
Y mientras hablaba, me hizo señas con la
mano indicándome que trepara por la escalera, mostrándome al mismo tiempo una
amplia sonrisa y confirmando de ese modo su anuencia. Después de dejar mi motocicleta a la sombra
de un gigantesco palto subí ágilmente hasta llegar a la altura de mi anfitrión
ocasional, que me recibió con la mano extendida y al estrecharla, me dijo
llamarse Samuel Reiter. Le correspondí dándole mi nombre, adornándolo con el
título de Representante de Kubota Maquinarias, dado que me había percatado que ese
título me rendía frutos inapreciables, respecto a un mejor trato.
Samuel era de raza blanca, identificado
plenamente por su apellido como todo
un digno representante itálico. Alto, puesto que debía medir no menos de un metro con
noventa centímetros, su cara de subido
tono rojo daba muestra clara del típico hombre sanguíneo. Facciones finas, que mostraban
su porte varonil y sobre todo, hacía sentir la energía
que derramaba por el azul intenso de sus ojos, los que
contrastaban con su cabello amarillo rojizo, en el que se podía ver el avance
inexorable de los años por las abundantes canas que amenazaban tomar posesión total
de su cabellera. Por lo demás; daba la impresión de poseer un carácter afable.
Al tratar con él, era innegable el hecho de
hacerlo con un hombre de vasta cultura y de refinados modales, mostrados hasta
en el menor de sus movimientos, no obstante el tiempo vivido entre salvajes. De
inmediato me fue posible percatarme de la contentura que le causaba mi presencia,
dado que al parecer saboreaba anteladamente la oportunidad de conversar a un
nivel superior al que tenía por costumbre cotidianamente y como muestra de su
impaciencia por participar de mi trato, me mostró una perezosa fabricada de Tamish
(bejuco o liana muy usada en la elaboración de toda clase de menesteres en la
Amazonía, por su gran resistencia y manualidad) y me dijo:
-Tome asiento amigo, mientras esperamos
que nos sirvan un refresco.
Y efectivamente; no había acabado de asentar
mis posaderas sobre la perezosa que mi anfitrión me mostrara, cuando hizo su
aparición una niña nativa que representaba no más de doce años de edad, vestida
con Cushma de
color habano con franjas longitudinales negras, a la usanza
Asháninka y calzada con sandalias de cuero curtido, puesto que las de jebe calientan demasiado.
Portaba en una bandeja de madera dos vasos y una jarra, ambos
de vidrio común y corriente. La jarra estaba llena de aguajina hasta la mitad
(refresco preparado a base del fruto del Aguaje,
palmera muy abundante
en toda la
Selva americana). Esta, con
su contenido, la depositó sobre una pequeña
mesa de madera tallada con dibujos en alto relieve, representando plantas
tropicales.
La niña se retiró para ir a reunirse con
un grupo de niños de ambos sexos de su raza, los que no disimulaban su
curiosidad por mi persona, atisbando tras las hendijas de la división que
separaba el ambiente en el que yo y mi anfitrión nos encontrábamos. Los
pequeños nativos comentaban aspaventosamente algo incomprensible para mí, puesto
que lo hacían en su lengua natal y continuaron en su tertulia
hasta que don Samuel levantando la cabeza, les hablo algo
en su lengua, que dio como resultado el desbande general.
Desde la primera vez que escuché el
apellido de mi anfitrión, este tuvo la virtud de traer el recuerdo de mi niñez
pasada en Miraflores Distrito limeño en donde conocí a un chico de mi edad
que llevaba ese mismo apellido. Este chico era apodado Cucaracha, debido a que
indefectiblemente lucía dos mechones de pelo rojizo que le caían a ambos
costados de la frente, los que en ocasiones cubrían sus ojos. Estos mechones
eran muy semejantes a las antenas del pequeño ortóptero ya mencionado y aunque
su nombre era David, nadie lo llamaba por él dado que era suficiente que lo fuera por su
apodo para que responda de inmediato.
Al encontrarme frente a este mítico señor, me fue imposible sustraerme al hecho de
asociar su apellido con el recuerdo de mi amigo de infancia y hasta me dio la
impresión de encontrar en sus facciones alguna ligera semejanza con David,
debido a lo cual casi sin proponérmelo, le pregunté:
-Disculpe señor Reiter. ¿Podría decirme en dónde nació?
De inmediato don Samuel, mientras me
miraba sonriente, dijo:
-En el Distrito limeño de Miraflores. Allí
nací y viví hasta los veinte años de edad, época en la que salí de Lima para ir
a la Selva de Loreto.
De pronto guardo silencio y levantándose
del asiento que ocupaba, me dijo:
-Amigo Manuel; ¿desearía acompañarme? Le
mostrare la variedad de palto
que he logrado obtener mediante injertos y selecciones.
Y tomando la delantera seguido por mí,
descendió las escaleras con una agilidad que me dejó perplejo, puesto que a
todas luces era impropia para su edad. De ese modo llegamos a un lugar
despejado de monte y cercado con bambú cortado en mitades. Al interior del
recinto daba acceso una puerta confeccionada con el mismo material que el
cerco. En el centro se veía un promontorio de tierra apisonada de tres metros
de altura, en donde se había edificado un galpón largo sin paredes.
Subimos
por una escalinata cuyos escalones habían sido escavados en la misma tierra,
reforzada con troncos desbastados. En el centro; una gran mesa cuyo tablero había sido preparado de
una aleta del Renaco (árbol aleudo del lugar que crece en los humedales y lugares pantanosos,
debido a lo cual la sabia naturaleza les ha premunido de aletas que les sirven
de sostén para no caer prematuramente por la gran altura y peso que llegan a
alcanzar), que ocupaba casi todo el espacio techado, sobre la cual se veían
diseminados los frutos de muchas variedades de palto, entre los que me fue
posible identificar aquel fruto conocido por mí en Lima, como el chanchamayino,
caracterizado
por su largo cuello y carne amarilla.
En cuanto a color, los había de todos los
matices de verde y hasta rojizos. Me llamó poderosamente la atención uno en
particular, que era tan grande y hermoso como una papaya injerta. Al percatarse
mi interlocutor don
Samuel del interés que me había
causado ese fruto en particular,
tomándolo entre sus manos me lo alcanzó para que me sea posible apreciarlo
mejor y me dijo:
-Este fruto es la muestra palpable del
triunfo de la ciencia y la paciencia, con el objeto de dar solución a la
necesidad de la humanidad que siempre ha estado amenazada por el fantasma del
hambre y creo que de alguna manera lo paleara. Admirado no me cansaba de
sopesar aquel palto gigante que tenía entre las manos, calculando que por lo
menos pesaría dos kilos y flojos. De pronto don Samuel tomó de mi mano aquel
fruto y lo partió, ofreciéndome una porción para que la degustara y de ese modo
me fue posible admirarme de su carnoso interior de un amarillo intenso,
subiendo mi sorpresa al grado sumo
cuando me lleve a la boca un trozo de él, viéndome obligado a controlar la
exclamación de asombro que pugnaba por escapar de mi boca, al percibir su
sabor, puesto que era sencillamente maravilloso.
Era como tener
entre los labios
un trozo de la más sabrosa mantequilla con sabor
a palto y recordé como en alguna oportunidad en Lima tuve la ocasión de
saborear paltos de gran tamaño que se podían adquirir en los mercados de la
ciudad. No obstante; en cuando tuve la oportunidad de degustarlos,
indefectiblemente sufrí una gran desilusión, puesto que eran aguanoso y de
sabor soso, cosa muy diferente a la experiencia gustativa que en ese momento vivía,
debido a lo cual me fue imposible dejar de exclamar:
-¡Oh, que prodigio!
Don
Samuel sonrío, para a continuación hacerme indicaciones que lo siguiera,
guiándome hasta otro galpón similar al anterior ubicado a pocos metros de donde
nos encontrábamos Este, que en realidad era un vivero, estaba cercado con
tablas de chonta (madera con una corteza sumamente dura pero de corazón conformado
por un conjunto de fibras fáciles de remover, pudiendo disponer de la corteza periférica
en forma de tablas, las que pulidas, tienen la apariencia del ébano). Allí se
veían más de mil plantones de palto uniformemente dispuestos en macetones,
separados por tamaños.
A continuación me explicó acerca del trabajo en el que se encontraba
abocado, que no era otro que llegar a obtener un palto
que posea cualidades
tanto en tamaño como en sabor, con cualidades
quizá superiores a las obtenidas con el fruto que acababa
de degustar, el que al parecer solo era el comienzo del triunfó que se esperaba
apoteósico, que muy pronto se proponía alcanzar.
El
tiempo había transcurrido inexorablemente rápido y como precisaba llegar a
Pampa Silva con el objeto de entrevistarme con las personas para las
que llevaba cartas de
mis jefes de Lima, opte por despedirme, quedando comprometido para hacerle otra
visita en cuanto quedara instalada mi oficina. Una vez en la carretera,
continué adelante y pilotando mi vehículo subí por una altura a los pies de la
cual se veía un poblado Asháninka de nombre Pampa Michí, en donde vivía un
pequeño número de familias de nativos de esa etnia.
Logre rebasar
esa pequeña altura, para luego descender hacia Santa Ana,
pero primero tuve que pasar por Saco Largo, una especie de poblado satélite de
Santa Ana, famoso por estar habitado durante el inicio de la colonización de esa zona por tres familias en las cuales las mujeres
gobernaban. A la salida de Saco Largo y después de atravesar
un pequeño riachuelo sobre un puente endeble de madera, comenzaba Santa Ana,
poblado que en unión de Pampa Silva, Pampa Michí y Marankiari, conformaban el
Distrito de Villa Perené.
Entre Santa Ana y Pampa Silva
dividiéndolos, corría caudaloso el rio Perené; razón debida a la cual Noruega representada por una religiosa
de nombre Li Jau, estaba construyendo con el permiso del Gobierno peruano un
puente colgante de fierro, adjunto a otro peatonal. Ambos, estaban íntegramente
financiados por los nórdicos, siendo este hecho razón suficiente para que los
pobladores agradecidos lo bautizaran con el nombre de Puente Noruega y las
autoridades haciéndose eco a este clamor popular confirmaron el nombre.
No obstante; debido a que aún no estaba
terminada la obra, solo era posible acceder al pueblo de Pampa Silva haciendo
uso de una oroya conocida en ese lugar con el nombre de “Huaro”, o dar un rodeo
por el pueblo Asháninka Pampa Michí, así que
tal como los pobladores, yo estaría obligado a usar ese método de
transporte para poder cumplir con mis obligaciones, entre las que estaba el
encargo de entregar las cartas mencionadas.
Una de ellas iba dirigida al mecánico de
mantenimiento de la empresa de nombre José Sobrino, el que en mi calidad
de Representante de Kubota Maquinarias S.A., sería mi subordinado. Este señor
sería el encargado de insertarme en la sociedad del lugar, presentándome
algunos clientes y empleados del Banco Agrario, dado que
con esta entidad tendríamos que
trabajar, puesto que era la que otorgaría préstamos a los agricultores para que
les sea posible adquirir maquinaria agrícola. Pero cuando me disponía a abordar
la oroya, vi las nubes que se mostraban amenazadoras presagiando una inminente tempestad
hídrica y creí conveniente ir a guarecerme en una bodeguita
que se encontraba a un costado de la plaza de armas de Santa Ana.
Para justificar mi proceder pedí una
gaseosa y mientras esperaba ser atendido, fui pidiendo informes al bodeguero sobre el paradero del
mecánico que buscaba. Al parecer, la diosa fortuna estaba de mi lado, puesto
que por las mismas razones que busqué refugio en la bodeguita, hizo su ingreso
en ella un grupo de personas entre las cuales se encontraba el mecánico que buscaba,
siéndome posible identificarlo por mediación del bodeguero de nombre Antolino,
de modo que mientras le hacía entrega de la misiva para él designada, le di a
saber mi nombre y la razón debida a la cual me encontraba en ese lugar, así
como mi necesidad de entrevistarme con el señor Pedro López, empleado del Banco
Agrario y conocido como Pedrito. El mecánico, después de leer la misiva, me
presento a los componentes del grupo que lo acompañaban.
Las lluvias de estío en la Selva Central se
caracterizaban, por ser mangadas abundantes peto de corta duración, a
diferencia de las que solían caer durante los meses llamados invernales,
que se destacaban por ser precipitaciones
menudas pero de larga duración, habiendo ocasiones en las que se prolongaban
por espacio de hasta una semana. La de esa oportunidad se podía calificar como
mangada de estío, puesto que mientras hablábamos había dejado de llover.
Nos despedimos
de los presentes para dirigirnos al huaro, empujando nuestras respectivas
motocicletas. El operador de la oroya nos depositó en la banda izquierda del
rio Perené, en donde se encontraba asentado el pueblo de Pampa Silva. Sin demora
y pilotando nuestros vehículos, llegamos frente a las oficinas del Banco Agrario
de ese lugar, en donde no fue difícil localizar a la persona que buscaba, por
ser el sub-Administrador, al que tal como hiciera con José Sobrino me presente,
al tiempo que le hacía entrega de la carta que portaba para él. Pedrito, después
de darle lectura, me cito en el bar de Alipia en Pampa Silva. Allí almorzaríamos
y de paso hablaríamos.
José Sobrino conocido en la zona como Pepe,
fue el encargado de servirme de cicerone y como aún faltaba más de dos horas
para la cita, fuimos de regreso a la bodega de Antolino en Santa Ana. Mientras contábamos
chistes y chascarros Pepe daba muestra patente de su afición a la bebida,
consumiendo una tras otra las botellas de cerveza, mientras yo lo acompañaba en
sus brindis bebiendo gaseosa, puesto que era abstemio.
Durante el almuerzo, Pedrito me reveló lo
que mi jefe en Lima ya me había hecho saber, referente a que el Gobierno había
decidido mecanizar el agro peruano, debido
a lo cual había firmado un convenio con
el Banco Mundial por medio del cual le
otorgaban al Perú un crédito con ese fin, nombrando como fideicomiso al Banco
Agrario para que lo administre, calificando a los agricultores como personas
sujetas a crédito o no, para ser favorecidos con préstamos con el fin de
financiarles la adquisición de maquinaria agrícola. En cumplimiento de lo expresado, había llegado a las oficinas
del Banco Agrario
de Pampa Silva, una gruesa cantidad de
dólares.
Pedrito también me informó que debido a
que era ahijado de matrimonio del Director Gerente de la firma
para la que yo trabajaba, estaría siempre a mi disposición y como muestra del
inicio de esta promesa, me puso en contacto con un señor de apellido Gutiérrez,
el que poseía un local idóneo para establecer en el mi oficina y vivienda.
Después de
cerrar el trato con el señor Gutiérrez, guiado por Pepe fui hasta una casa
comercial de Santa Ana, en donde adquirí el mobiliario necesario el que luego,
hice trasladar al lugar que en adelante sería mi domicilio y oficina, puesto
que en la trastienda que era amplia y cómoda, dispuse lo necesario para
establecer mi dormitorio. Dos días después de instalado y en cumplimiento del ofrecimiento
al Gringo Reiter, pilotando mi motocicleta fui rectamente hasta su vivienda.
CAPÍTULO DOS
SAMUEL REITER
Fui
recibido con grandes muestras de aprecio quizá de mayor intensidad que la que
me mostrara en mi primera visita, lo que me hizo sentir con la autoridad
suficiente como para interrogar a mi anfitrión sobre la forma en la que llegó
al Valle de Chanchamayo y sobre sus vivencias hasta llegar a la situación en la
que se encontraba, obteniendo como resultado a mis preguntas la siguiente
narración:
“En busca de colmar las aspiraciones de mi
espíritu aventurero y de ser posible llegar a ser un buen agricultor como lo
habían sido mis ancestros en Europa, viaje por vía aérea desde Lima a Pucallpa.
Al llegar allí me di con la sorpresa que la actividad más socorrida en ese
entonces era la explotación forestal, en cambio la agricultura lo era de
segundo orden, debido al factor limitante que representaba la gran humedad y el
elevado PH del suelo.
“Estos hechos fueron causa para sufrir mi
primer fracaso al intentar incursionar en el campo de la actividad maderera,
puesto que la realidad de fondo era diferente a las apariencias, dado que me
fue posible percatarme que esa actividad era rentable solamente para los
grandes capitales que mediante fabulosas inversiones abarcaban todas las ramas
de esta actividad, obteniendo gracias a ello pingues ganancias, dejando solo
mendrugos para aquellos que se dedicaban a ella en menor cuantía.
Desengañado viajé de regreso
a Lima para al llegar
percatarme que las condiciones de trabajo no habían variado en lo absoluto.
Esto me dio que pensar en volver a emigrar, elaborando un plan de actividad
agraria en alguna zona selvática con mejores condiciones para mi propósito y
así fue como al cumplir veintiún años de edad expuse mi plan a mis padres, con
el objeto de obtener alguna ayuda económica para financiarme.
“Mi padre me escuchó atentamente y luego
me propuso otorgarme todo el apoyo que le fuera posible siempre y cuando acepte
primero tentar el ingreso a una universidad y de ese modo iniciar estudios
superiores, así que me presenté a los exámenes de admisión de la Escuela
Agraria de La Molina, ingresando en el primer intento. Estudie hasta el cuarto
ciclo, dejando mis estudios al ser objeto de una gran desilusión amorosa,
gracias a lo cual quedé con el corazón destrozado y una gran depresión.
“Durante mis años de estudiante secundario
en el colegio Champagnat de Miraflores, había conocido a un chico con el que
nos reencontramos en las aulas de La Molina. José, que era el nombre de este
amigo, se encontraba estudiando Zootecnia cuando ingrese a La Molina. Con el
cimiento amical anterior no fue difícil para nosotros cultivar una bonita amistad
constituyéndose en mi confidente y de este modo fue como compartimos mis
ilusiones respecto a Marilú y luego mi cruel desengaño.
“Como muestra de solidaridad incursionamos
en las investigaciones de injertos con el objeto
de obtener un fruto de palto de sabor exquisito y gran tamaño. Adquirimos una gran cantidad de libros y ensayos relacionados
a la investigación de las manipulaciones genéticas, informándonos de
los trabajos realizados en ese campo por otros soñadores como nosotros. De ese
modo fue como llegó a nuestros oídos, la existencia del misterioso Valle de
Chanchamayo.
“En
esa oportunidad nos enteramos sobre la fabulosa producción de paltos en esa
zona, los que lograron adquirir la fama de ser los mejores del Perú, gracias únicamente a la
bondad de sus suelos. Esta fue la razón para que nos decidamos a viajar a ese
misterioso lugar en donde estableceríamos nuestro centro de investigación
agrícola. Pero posiblemente debido a que a última hora el valor de José flaqueara,
me vi obligado a realizar el viaje hasta Tarma solo, lugar muy cercano a
Chanchamayo a donde llegaban las góndolas de Lima. De allí viajé en un camión de
carga hasta San Ramón, en donde me embarque en otro camión del Batallón de
Ingenieros que me llevó hasta la Merced.
“Allí conocí a René Bistolfi, joven de
ascendencia teutona con el que llegamos a congeniar a tal punto, que intento convencerme
para que lo acompañara a Oxapampa en donde sus paisanos se dedicaban a la cría
de ganado vacuno, su ocupación ancestral. Rene había estudiado Técnica Pecuaria
en Alemania, país natal de sus padres e iba decidido a triunfar en unión de sus
familiares y paisanos afincados en Pozuzo y Oxapampa, ciudades fundadas por
colonos Alemanes en la Selva.
“No obstante sus convincentes argumentos mi
decisión de no abandonar mi proyecto original fue a tal punto inquebrantable, que
declinando su invitación cuando llegamos a la bifurcación en ese
entonces del camino de herradura por el que viajábamos, descendía por la margen
izquierda del río Chanchamayo. Rene en compañía de sus arrieros tomó
por el camino de la izquierda hacia Oxapampa. Yo lo hice por el de la derecha, a
las ubérrimas tierras del Distrito de Villa Perené, las que el gobierno había
declarado abiertas a la Colonización.
“Allí nos despedimos efusivamente, no
obstante quedé seriamente comprometido con mi nuevo amigo para que en cuanto me
hubiera establecido definitivamente, fuera a visitarlo. Mi objetivo era llegar
al poblado fundado por los colonos de nombre Santa Ana, en donde funcionaba la
oficina Catastral del Ministerio de Agricultura con autoridad suficiente para
otorgar títulos definitivos de propiedad de las tierras amparadas por los
colonos peruanos o extranjeros.
“Para lograr mi objetivo tendría que pasar
a la otra orilla del río Chanchamayo que iba bordeando, poco antes que sus
aguas agregadas a las del río Paucartambo tomaran el río Perene. Para este
objeto había dos botes con motor fuera de borda operados por huancaínos
afincados en las inmediaciones. Pero también cumplía esa misma función una
balsa de madera de Topa conocida como Madera de Balsa, maniobrada por dos
Asháninkas y su hermana, grácil y bella nativa que me impresionó gratamente
desde el primer instante en el que la vi, siendo esta la razón para que
prefiera el servicios de los nativos dejando de lado el de los huancaínos, no
obstante las ventajas que ofrecían por ser movido su bote por un motor fuera de
borda.
“La bella Asháninka me causo tal impacto
que me prendé de ella de inmediato y al parecer mi persona le
fue indiferente, dado que mostro interés por mi desde el instante que nos
vimos. Una vez a bordo, y en la primera oportunidad que se me presentó durante
la travesía, la interpele, iniciando de este modo tal como lo tenía previsto,
una bella amistad con los Asháninka.
“Los
cuatro éramos jóvenes y hablábamos el mismo idioma, gracias a lo cual
encontramos muchos puntos de coincidencia en nuestros respectivos conceptos
referentes a la vida y hubo una ocasión en la que me declararon que no obstante
ser blanco les había
caído bien, gracias a lo cual
constituidos en un grupo amical, al
llegar a la orilla contraria me ofrecieron hospedaje en su vivienda
ubicada en el poblado nativo de Marankiari y hasta ese lugar me condujeron
llevando sobre sus hombros mi equipaje.
“Durante los días en
los que estuve en este ´poblado, la amistad iniciada
con Juliana que era el nombre de la bella
Asháninka se fue estrechando, hasta transformarse en amor, y fue debido a esta
afección que nos decidimos a forman una pareja con la anuencia por supuesto de
sus familiares y fue entonces cuando July me confió que había estado esperando
un hombre como yo, puesto que los Shishacos
(serranos), no le agradaban y a sus paisanos. no los podía imaginar como pareja.
“Este modo de pensar había nacido en ella
durante los dos años que estuvo al servicio de una pareja de norteamericanos,
con los que vivió en Yarinacochas, ciudad fluvial a orillas de la laguna del
mismo nombre alimentada por el río Ucayali, en donde funciona La Escuela
Lingüística. Allí los extranjeros laboraban en calidad de profesores enviados
por la FAO. Con ellos aprendió el inglés y se perfeccionó en el habla del
idioma castellano, debido a lo cual nuestra relación llegó a ser muy fluida idiomáticamente.
“Durante nuestra relación marital llegamos
a compenetrarnos de tal modo, que cuando le hice partícipe de mi inquietud
respecto a la realización de la obtención de Matahambre, apelativo que le di a
mi proyectada palta gigante, hizo suya la idea, afanándose como yo en su
obtención y cuando le hablé acerca de adquirir este terreno que hoy ocupo y que
había visto de paso a Marankiari, con una sonrisa de felicidad dibujada en sus
hermosos labio me dijo:
-¡Hay amor!; estas tierras pertenecen a la
comunidad de Marankiari. Tú que eres nuestra familia solo tienes que
solicitarla a Los Ancianos para que te la cedan y allí podríamos trabajar para llevar a
cabo nuestro proyecto de Matahambre.
“Al
día siguiente El Consejo de Ancianos de Marankiari nos otorgó el uso de estas
tierras y desde ese momento yo y mi July nos pusimos a trabajar con ahínco y
fue de este modo como los familiares de mi compañera desmontaron tres hectáreas
para nosotros, las que sembramos con maíz, yuca, frijoles y plátano, dejando
media hectárea libre para edificar nuestra vivienda y las dependencias
necesarias para llevar a cabo nuestro proyecto de Matahambre, compartiendo
nuestras ilusiones.
“Con la ayuda de July fui obteniendo
algunos resultados positivos, utilizando para ello solamente la selección de
cepas, pero nuestras obtenciones solo fueron en lo que respecta a sabor no en
tamaño. No obstante al fin, después de muchos trabajos de injertos, nos fue
posible recoger los primeros frutos que reunían las características soñadas y nuestra
alegría llegó a límites inconcebibles cuando pocos meses después logramos resultados
sumamente positivos con aquel sueño convertido en realidad, mediante un fruto
de palto de gran tamaño y sabor verdaderamente exquisito, lo cual fue motivo de
celebración de parte de toda la comunidad nativa en las que estuvo incluido el
Curaca en funciones, aquel que posteriormente se transformaría en mi suegro.
“Mientras esto
sucedía, July comenzó a mostrar síntomas inequívocos de embarazo y de este modo
fue como transcurridos los meses, llegó el momento del alumbramiento de nuestro
primer hijo, pero desgraciadamente durante
el trabajo
de parto el corazón de mi esposa no pudo soportar el trauma y se paró, falleciendo. Solo
dos días después la siguió nuestro hijo, quedándome sin esposa y sin descendiente,
pero si con una numerosa familia, representada por los nativos mis hermanos.
“Ellos se comportaron tan bien conmigo que
muy pronto me repuse del dolor que significó para mi perder a mi amada y mi
primer hijo. Mis hermanos me dieron los ánimos necesarios para volver a
interesarme por Matahambre y cierto día en el que me encontraba trabajando en mi
proyecto; llegó uno de Los Ancianos a visitarme para participarme que el Curaca
Mauricio había fallecido. Esa tarde acudí a Marankiari y durante las exequias,
fui investido con el título de Cacique de los Asháninkas de la cuenca del río
Perené y de ese modo me convertí en jefe de esta buena gente.
“Después de la ceremonia de investidura,
Los Ancianos en pleno me dieron a conocer que mi nueva condición como miembro y
jefe de la comunidad Asháninka tenía también obligaciones y la principal era dejar
un hijo varón para que me sucediera de modo que no se perdiera el linaje. En
esta disposición se contemplaba que debía de escoger una esposa de entre las
princesas solteras de la comunidad para que fuera mi esposa titular.
“Cuando hablo de mi esposa titular me
refiero, a que existía como medida de seguridad en lo que respecta a la
sucesión, la obligación de tomar otras cuatro esposas de entre las chicas
Asháninkas aptas para la reproducción, de preferencia pertenecientes a la
familia de Mauricio el Curaca anterior. Esta fue la razón para que escogiera
cinco jovencitas, todas menores de quince años
de edad, para
cumplir con esta disposición.
“Mis esposas y sus hermanos varones, se
trasladaron a mi pequeño imperio. Ellas, para servirme en la casa y al mismo
tiempo encargarse de hacerse fecundarlas y sus hermanos en número de doce,
obligados a prestarme ayuda en los trabajos de campo y todo aquello que yo les
ordenara. Fue así como inicie una nueva vida llena de gollerías, no teniendo
sino que ordenar a mis esposas o a sus hermanos para que realicen cualquier
trabajo en la casa, en el campo o en el lugar que fuera.
“Este estado de cosas me dio la
oportunidad de llevar a cabo algunos arreglos y ampliaciones en mi área de
trabajo, sobre todo en lo que respecta a mi proyecto del palto Matahambre,
teniendo presente que en caso lo creyera necesario, toda la etnea acudiría a
cumplir mis órdenes sin dudas ni murmuraciones. La situación creada por mis
obligaciones maritales me ocasionó problemas de salud, debido al gran esfuerzo
que tenía que realizar para satisfacer a mis cinco esposas, y de conciencia,
por sentirme traidor al amor que había nacido en mi corazón hacia mi esposa
Tania, la titular de mis esposas, hija mayor del fallecido Curaca Mauricio.
“El sentimiento de culpabilidad se apoderó
de mí como ya di a conocer por considerarme infiel y en las oportunidades en
las que copulaba con mis otras esposas, me era imposible entregarme plenamente
a ese menester, empeorando mi estado de salud. Esta fue la razón para que
me presente ante el Consejo de Ancianos
solicitando me permitieran repudiar a cuatro de mis esposas, para dedicarme a cuidar de Tania
que se encontraba esperando un hijo mío.
“Mi petición fue aprobada con la condición
de recurrir a mis otras esposas, en caso
que el hijo de Tania no fuera varón como
se esperaba. Para mi felicidad, antes de diciembre de ese año nació Samuelito,
que fue de
inmediato investido como
mi sucesor y un año después nacería mi hija Emperatriz, con lo cual
colmé de felicidad mi hogar y para mayor dicha, dos años después nos fue
posible saborear un fruto de palto que cumplía con todos los requisitos del
Matahambre soñado.
“Matambre pesaba cerca de dos kilos y
poseía tal sabrosura, que daba la impresión de estar comiendo mantequilla con
el sabor a palto. El fruto de ese árbol fue el que tuviste la oportunidad de
saborear en días pasados. Cuando llegó
su tiempo, envié a mis hijos a estudiar secundaria en Lima y desde hace dos
años se encuentran en Estados Unidos estudiando agronomía el uno y biología la
mujercita, de modo que les sea posible continuar con mis investigaciones y al mismo
tiempo mi Samuelito sea capaz de desempeñarse con acierto como rey de los
Asháninkas.
“Además; desde que llegue a este valle mi
preocupación por la condición económica de mis hermanos fue en aumento y
considerando que esta dependía de las armas con las que contaran para enfrentar
los retos de la vida moderna sin desventajas, hice los trámites necesarios para
que se instale en Marankiari una escuela primaria diurna y una nocturna para
los adultos. Ambas continúan funcionando hasta hoy y me encuentro tramitando se
amplíe, para que también
se impartan estudios secundarios.
“Mi preocupación me llevó a Lima, en donde
obtuve una audiencia con el Ministro de Educación. La conversación que sostuvimos al parecer dio sus frutos, puesto que logré
obtener veinte becas para que otros tantos jóvenes Asháninkas vayan a estudiar
la secundaria en La Merced, en donde se les proporcionaría hospedaje y
manutención por cuenta de la Municipalidad de esa ciudad.
“En estos días estoy gestionando ante el
Ministerio de Educación, que me conceda el privilegio para aquel de los estudiantes
Asháninka que obtenga las mejores notas al finalizar su educación secundaria, de
acceder a una beca para estudiar en La Molina de Lima y de ese modo mis hermanos
puedan ser profesionales. En cuanto a mis parientes de Miraflores-Lima, no me
fue posible localizarlos, dado que al parecer todos sus miembros murieron o
emigraron al extranjero sin dejar referencias o indicios para ello”.
Samuel
guardó silencio y luego ordenó que pusieran sobre la parrilla de mi motocicleta
un cajón conteniendo las paltas que había obtenido como fruto de su incansable
trabajo de investigación, de lo cual guardo un grato recuerdo, puesto que eran
sencillamente deliciosas.
CAPITULO TRES
ADIOS SAMUEL
Cada
quince días tomé por costumbre ir a visita a mi amigo, hasta que cierto día al
llegar a su casa me enteré que a consecuencia de padecer de cirrosis había sido
evacuado por vía aérea a un hospital de Lima, en donde debía de recibir un
tratamiento intensivo para intentar salvarle la vida. El tiempo fue transcurriendo
y una mañana después de seis meses del día aquel en el que Samuel fue evacuado,
encontrándome departiendo con unos clientes en un bar de Santa Ana, vi pasar
con dirección a Marankiari un cortejo fúnebre seguido por gran cantidad de
nativos hombres, mujeres y niños.
Al hacer indagaciones se me informó que se
trataba de las exequias de Samuel Reiter, Cacique de los Asháninkas de la
cuenca del río Perené, cuyo cuerpo había sido traído de Lima en un avión
especial cedido por el Gobierno. Los integrantes del grupo en el que me
encontraba sin excepción se unieron al cortejo y conforme avanzábamos vimos como
el número de acompañante iba en aumento.
Esta afluencia llegó a ser de tal grado,
que cuando llegamos al poblado nativo vimos sus callecitas colmadas de personas
que pugnaban por acercarse al féretro para darle el último adiós al Cacique,
que en vida fuera Samuel Reiter, el gringo miraflorino que se transformó en rey
de los Asháninka y que obtuviera muchos beneficios para la juventud nativa, no obstante
no haber nacido en el lugar y menos aún
pertenecer a esa etnia.
Desde la entrada del poblado hasta el
mismo pie del catafalco, habían tendido una alfombra de pétalos de flores
exóticas recogidas por los súbditos del que de acuerdo a la opinión general,
fuera el jefe más progresista que la etnia había tenido hasta ese momento. Al
acercarme para mirar por última vez al amigo, me fue imposible reconocerlo,
debido a los cambios que había sufrido su faz, posiblemente como consecuencia
de los estragos propios de la enfermedad que lo había retenido en cama hasta su
muerte.
No obstante, y a pesar de todo, mostraba
un semblante sereno como de los que sienten que han cumplido con sus obligación
a cabalidad, iluminado por las numerosas velas que ardían a su alrededor. Los
brazos cruzados sobre el pecho al estilo de los faraones y flanqueado su
catafalco por una pareja de jóvenes varón y mujer. Estos jóvenes hacían guardia
recibiendo las condolencias de los amigos, indicios que sumado al innegable
parecido físico con el difunto, fue suficientes para que suponga con acierto
que eran sus hijos, los que al ser alertados de la gravedad del padre. viajaron
de inmediato desde Norteamérica, lugar en donde a la postre se encontraban
estudiando.
Vestían tanto
uno como la otra. con la Cushma tradicional de la etnia y a pesar de su palidez.
se mantenían serenos. Esto dio pábulo para que hubiera comentarios al respecto
sobre su ascendencia de nobleza heredada del padre y del abuelo, aquel Mauricio
que evitó la muerte de muchos de su etnia y quizá su extinción. Como reconocimiento de la breve
amistad que cultive con este último Cacique gringo, silenciosamente le dedique
un adiós diciéndole mentalmente:
-¡Adiós Samuel! Algún día nos veremos en
el lugar en el que te encuentres.
El fallecimiento de mi amigo dejó un sabor
de amargura en mi ánimo, pero este llegó a acentuarse cuando al cabo de unos
meses. vi con estupor que muy pocos eran los que recordaban su obra, no solo en
favor de los que él llamó sus hermanos, sino también en el de la humanidad con
el Matambre y no obstante haber indagado acerca del destino de sus logros en el
mejoramiento del palto, nunca más me fue posible saborear el Matambre, quedando
relegado en el olvido tanto como su persona.
El cargo de cacique accesitario recayó
sobre un joven Asháninka de apellido Mishary, debido a que el hijo de Samuel
había fijado su residencia en Norteamérica y era imposible dejar desierto el
cargo. Fue de este modo como Samuel hijo
se transformó en el Curaca lejano de esta comunidad, a la que regresó años más
tarde con un título académico en la mano, para integrarse y cumplir con su
deber de jefe.
En cuanto a lo
que se refiere a mi persona, en cumplimiento de mis obligaciones desde el lugar
que acondicioné como mi oficina y vivienda, intenté entrevistarme con los
colonos sujetos a crédito, los que me eran enviados por el mecánico Pepe
Sobrino y Pedrito López. No obstante los días iban transcurriendo sin
efectivizar una sola venta, por no ser suficientes mis tímidas incursiones por
los alrededores con ese propósito, por desconocer la zona.
Uno de esos días en
el que aburrido al extremo por no haber trabajo me dedique a deambular por las
calles de Pampa Silva, de pronto pensé que mejor sería ir a La Merced para allí
intentar hallar algún entretenimiento, así que cogí mi motocicleta y habiendo pasando
a Santa Ana por el huaro, hice rodar lentamente mi vehículo por la callecita
que subía hasta la plaza de armas y al llegar allí, vi una estatua en la que
con anterioridad no había reparado.
Esta se encontraba casi oculta entre la
maleza que allí crecía. Era la figura de un imponente nativo ataviado como los
jefes Asháninka, que se hallaba parado sobre un gran pez, llevando en la mano
derecha una lanza con la punta vuelta hacia abajo y en la otra una Biblia abierta
con inequívoco ademan de mostrar algo que en ella decía. Al pie de la misma vi una
placa conmemorativa sumida en la misma condición de abandono y olvido que el
monumento, en la que me fue posible leer lo que en ella estaba gravado con
cierta dificultad, logrando identificar el nombre de Juan Mauricio que me trajo
a la memoria el del cacique de los Asháninka anterior a mi amigo Samuel. Debido
a esto fue que me dedique con mayor ahínco a descifrar lo que allí decía, comprobando
que con letras de molde se podía leer:
EN MEMORIA DE JUAN MAURICIO Y LOS
NATIVOS ASHÁNINKA DEL VALLE DE PERENÉ. QUE OFRENDARON SUS TIERRAS Y VIDAS POR
LA PAZ Y EL PROGRESO DE SUS SEMEJANTES,
LO QUE HOY NOS PERMITE AVANZAR VIGOROSAMENTE.
QUE DIOS BENDIGA Y PROTEJA A SUS DESCENDIENTES.
PERENÉ 02-09-1964
MUNICIPALIDAD
DISTRITAL DE PERENÉ
EL ALCALDE
Tanto la estatua como la placa
recordatoria tuvieron la virtud de sumirme en serias reflexiones y me
encontraba pensativo elucubrando respecto a los acontecimientos anteriores que
motivaron el resultado de aquella estatua, la placa conmemorativa que acababa
de leer y del olvido en el que ambas estaban relegadas, cuando sentí que una
mano se posaba en mi hombro y al dar vuelta, vi junto a mí al bodeguero
Antolino que dio inicio al dialogo de esta manera:
-¿Por qué tan pensativo amigo?
Algo sorprendido no supe que responder,
pero me repuse casi de inmediato para contestar diciendo:
-Bueno; es solo que estaba pensando en esa
estatua y sobre todo en esa placa conmemorativa, puesto que nunca
antes había escuchado de las acciones de ese jefe
Asháninka
de nombre Juan Mauricio… ¿Quién fue en realidad?
El
bodeguero se frotó el mentón y luego iluminando sus facciones con una amplia
sonrisa, habló de este modo:
-Ese Campa fue el jefe de los Asháninkas
de esta parte del río Perené hasta su muerte. Gracias a él fue que los colonos
nos asentamos aquí sin necesidad de derramamientos de sangre. El permitió los
asentamientos de colonos en sus tierras y los matrimonios de mestizos con las
mujeres Asháninka.
Ya
picado por la curiosidad y con la necesidad de confirmar lo que ya sabía al respecto, hablé de esta manera:
-Bueno; he escuchado que Reiter fue
Cacique. ¿Fue acaso el sucesor de Mauricio?
Al parecer mi ignorancia agradó a mi
interlocutor, que vio la oportunidad de informarme y al mismo tiempo lucirse.
Se enderezo, y después de carraspear con ínfulas de catedrático, habló de esta
manera:
-Para tú información te repito que gracias
a ese jefe fue que se evitó un gran baño de sangre entre colonos y Asháninkas,
puesto que los primeros estaban respaldados por un ejército compuesto por más
de quinientos hombres muy bien armados. Mauricio se hizo cristiano y aprendió a
leer la Biblia. Luego comenzó a predicar
a sus paisanos la palabra de Dios, logrando convencerlos con el ejemplo,
instando a los de su etnia a no matar a los colonos, puesto que en la
Biblia decía que
también eran sus hermanos. Este gran jefe hizo casar a
ocho de sus hijas con colonos mestizos y donó sus tierras para que edificaran
Santa Ana y Saco largo. Es debido a esto que aparece representada de esa forma
su persona, con una lanza en una mano con la punta hacia abajo en señal de paz
y una Biblia indicando un pasaje en el que dice: ¡No mataras!
Ante esta explicación me fue imposible dejar de comentar:
-No estaba enterado de ese acto que creo
corresponde a un hombre que ama la paz entre sus semejantes, digno de recibir
el Premio Novel de la Paz.
Antolino, con cierto aire de sapiencia
pero con cachondez, sentado sobre una
piedra, dijo:
-Yo
estuve presente cuando se fundó Santa Ana y conocí a Juan Mauricio que en
realidad era el nombre que adoptó después de bautizarse. Su nombre era
Mutokiari.
Estas palabras tuvieron la virtud de
confundirme aún más y fue entonces cuando Antolino respetando el estado
meditativo en el que me sumí, se retiró sigilosamente. No puedo precisar por
cuánto tiempo permanecí en ese estado, pero en cuanto volví en mí no viendo a
mi amigo el tendero di arranque a mi moto y reemprendí la marcha con dirección
a La Merced, con mi mente fija en los posibles acontecimientos pasados.
Iba pensando en la breve historia que
Antolino me había narrado y el modo de actuar de Mauricio jefe Asháninka, que
sacrificó las pertenencias materiales a cambio de la paz para sus súbditos, sin
imaginarse que labraba el camino
que los llevaría al vasallaje con apariencia de
esclavitud, aunque no sé qué hubiera sucedido teniendo en cuenta la
superioridad numérica y técnica de los invasores, gracias a lo cual los sacrificios
sangrientos hubieran sido inútiles, contra un ejército mejor armado y
preparado.
Esa tarde; después de haber pasado muy
solitario en La Merced, en mi viaje de regreso a Pampa Silva se me ocurrió sin
saber a qué se debía, ingresar al pequeño ramal que llevaba al poblado
Asháninka de Pampa Michí, en donde coincidí con un enfermero que había visto en
la Posta Médica de Pampa Silva. Allí me enteré que su nombre era Abelardo
Tapiare Tumpire, un Asháninka perteneciente al grupo de la etnia establecida en
ese poblado, que no pudo ser arrojado por los colonos en expansión, gracias a
los oficios del último jefe don Samuel Reiter Boza.
CAPÍTULO CUATRO
HABLA UN ASHÁNINKA
Abelardo
Tapiare fue uno de los favorecidos por los resultados de los trámites educacionales
del cacique gringo, educándose hasta lograr obtener su título de enfermero,
profesión que ejercía en la Posta Sanitaria de Pampa Silva provisionalmente,
hasta que el Ministerio de Salud diera el visto bueno para el establecimiento
de una posta médica en Marankiari, poblado Asháninka ubicado a solo un
kilómetro de Santa Ana del Perené.
Desde ese día tomé por costumbre
frecuentar el trato de Abelardo, puesto que me sentía subyugado por los temas
relacionados a su etnia y fue así que todas las tardes en cuanto este joven
salía libre de cumplir sus obligaciones, lo invitaba a tomar un lonchecito en
el bar-restaurante de Alipia, aprovechando la oportunidad al hacerlo para hablar
sobre el tema de mi interés.
De ese modo fue como obtuve noticias sobre
el pasado de aquella etnia tan maltratada por las circunstancias sociales y
políticas y sobre todo por el hecho de encontrarse asentada en
terrenos ubérrimos, confirmando el decir de Eduardo Galeano en su inmortal obra
“Las Venas Abiertas de América Latina” Después de algunos preámbulos que me vi
obligado a observar durante el trato con Abelardo el joven Asháninka, este,
apercibido del interés que por su etnia sentía, sin que se lo propusiera
comenzó a hablar de esta manera:
“El pueblo Asháninka habitaba la parte
central de la región amazónica del Perú, aunque también existían algunas
familias en otros lugares compartiendo territorios con otras etnias desde hacía
algunos milenios. La región selvática se eleva hasta las estribaciones de la
cordillera de los Andes, habiéndose ambientado al medio los Asháninka hasta
llegar a constituirse en un elemento más de la naturaleza.
“Hasta este lugar descienden los ríos que
traen aguas de los nevados de la cordillera oriental de los Andes, constituidos
primero en pequeños hilos que luego conforme avanzan van siendo integrados con
el aporte hídrico de similar procedencia, hasta llegar a convertirse en
portentosos caudales que traen entremezclada con sus aguas el humus arrancado a
las tierras altas, el que acumulado con el devenir de los siglos fue el que
transformó el Valle
de Chanchamayo en
uno de los
más ricos del Perú.
“Durante
siglos toda esta región fue solo habitada por los Asháninka en mayor cuantía y
por otras comunidades menores como
los Amuesha también llamados Yanesha, con quienes
compartimos este vasto territorio fértil para la agricultura, poblado en el
pasado abundantemente por especies animales y vegetales útiles a mis hermanos.
Su permanencia en el lugar fue señalada por un ambiente de absoluta paz con
otras etnias, llegando ocasiones a integrarnos en una sola por matrimonios
entre sus miembros.
“A
principios del siglo XX fueron introduciéndose algunas familias de colonos que
tímidamente al comienzo, tomaron posesión
de algunas tierras, gracias a la venia de los pacíficos
Asháninkas. Este modo de actuar de mis hermanos dio pábulo para que los invasores se sintieran
con mayor derecho hasta cobrar cierta agresividad. Ambos grupos entraron en
permanente relación y si es cierto que fue esta la razón para que los Asháninka
adquirieran conocimientos de tipo tecnológico tanto como cultural, también se
vieron ante la imposición de adquirir como propios símbolos y creencias
religiosas que iniciaron en ellos el olvido de lo propio.
“Los
variados grupos religiosos que se introdujeron en las comunidades nativas,
trajeron como consecuencia el divisionismo por primera vez en una misma etnia,
así como una gran confusión, ocasionando cierta frialdad en cuanto a creencias
propias y extrañas, las que adoptaban y adoptan mis hermanos solo por compromiso o moda. Por otra parte los comerciantes se iban
multiplicando y asentando definitivamente en la región, mientras que algunas
Empresas Cafetaleras establecidas por los blancos en los territorios que fueran de los Asháninkas, daban ocupación a la masa nativa
que se vio obligada a trabajar para los blancos por dinero, puesto que su modo
de obtener lo necesario para vivir se acortaba, junto con los bosques de donde
antaño extraían lo que necesitaban y que día a día eran depredados y talados.
“Los
Asháninkas sufrieron la dominación de los foráneos con estoicismo, viendo como el
apetito de los invasores crecía cada vez más hasta empujarlos hacia las tierras
más bajas, viéndose obligados a abandonar las tierras de mayor producción
agrícola, consideradas como tales las de mayor rendimiento cafetalero del Perú,
no solo en cuanto a productividad sino también en cuanto a calidad, quedándose
entre los blancos aquellos de mis hermanos a los que les fueron asignados
asentamientos con Pampa Michí, Marankiari y otros y como consecuencia del
avasallador empuje de la secta religiosa adventista, una gran cantidad de indígena abrazo esta creencia y por las
razones ya expuestas. fueron dejando de lado las tradiciones que antes marcaron
sus relaciones sociales y su vida cotidiana, al mismo tiempo que les daba una
identidad como grupo ancestral diferente a otros.
“Mientras
tanto la
colonización continuaba avanzando e iba creando nuevos pueblos ubicados en
lugares estratégicos, constituidos por lo que antes fueron cruce de caminos, y
de este modo fue como nació el distrito de Perene
conformado por Pampa Silva y Santa Ana. Dos pueblos
unidos primero por medio de botes chimbadores, luego, por medio de un Huaro y
en el futuro próximo lo serán por un puente
colgante sobre el río Perené que pronto entrará en funciones, bautizado con el
nombre de Puente Noruega.
“En el caso
de Pampa Silva las tierras fueron vendidas en lotes diminutos por un señor
Silva, que antes fuera el cuidador de las vacas de los ingleses de Pampa Waley,
pero solo propios para edificar viviendas. En cambio en lo que se refiere a Santa
Ana, sus tierras fueron robadas a mis hermanos por medio de presiones engaños o
alianzas matrimoniales. Pero sobre todo por el influjo que la religión de los
blancos ejerció en el ánimo del viejo Asháninka Mutokiari-Mauricio, por tener
la desgracia de poseer tierras muy fértiles.
“Al pobre
viejo y a sus descendientes, solo les quedó una estatua surrealista que
colocaron en medio del terreno que
determinaron sería la plaza principal de Santa Ana. La estatua representa a un
Asháninka con su Cushma parado sobre un gran pez que representa la abundancia.
Esta fue erigida de acuerdo a la opinión de los colonos, con el propósito de
mostrar su agradecimiento por el gesto benevolente del curaca, gracias al cual
se evitó un derramamiento inútil de sangre, dado que los resultados eran
predecibles. Después de esto nos preguntamos:
-¿Acaso esa efigie nos
proporcionara comida y nos devolverá nuestra dignidad?
“¡No!, es
la respuesta, en cambio vemos que sí permitió el avance de
la colonización y la fundación de Santa Ana del Perene sin violencia. No
obstante era obvio que el ruido y la contaminación propia de una población
desarraigada y sin relación armónica con el medio ambiente, iría empujando a
los Asháninka que se sintieron desplazados y despreciados, por una cultura
llegada de un mundo extraño.
CAPÍTULO CINCO
JOSE MARÍA DE LA PINELAS
No
había cumplido aún un mes de estadía en Pampa Silva, cuando recibí la visita de
un señor relativamente joven, puesto que en apariencia apenas si llegaría a los
treinta años de edad, llamándome poderosamente la atención su apellido, dado
que su nombre completo era José María de la Pinela. Pocos minutos después de
hacerse presente en mi oficina, departíamos como viejos amigos
y debido a esta naciente amistad fui enterándome de una parte de su vida, sobre
todo aquella que transcurrió en ese valle de Chanchamayo. Esta historia he creído conveniente
transcribirla para que llegue a mis lectores, debido al interés histórico que
encierra.
Pero antes, tengo que hacer un preámbulo y
remontarme a la época de los albores de nuestra República, tiempo en el que uno
de nuestros gobiernos de turno le cediera la explotación agropecuaria de medio
millón de hectáreas en la Selva del Perú a una empresa inglesa acreedora de un
dinero que en realidad no se sabe a dónde fue a dar. Al mismo tiempo, esta
empresa propuso transformar esa zona en productiva mediante una millonaria
inversión e intervención de tecnología de punta.
Debido a lo extenso de esta concesión
cedidas con largueza a los extranjeros, la mencionada empresa llegó a
constituirse en un verdadero estado dentro
de nuestro
país, el que se regía por sus propias leyes, que por supuesto
favorecían a los concesionarios en perjuicio de los nativos pobladores del
lugar, que a mi entender eran los verdaderos dueños de esas tierras por
haberlas poseído durante centurias y aún quizá durante miles de años.
Es el caso que
una gran porción de la Provincia de Chanchamayo adicionada a otra de Cerro de
Pasco, constituyeron la Concesión de la que tratamos y que tomó el nombre de
Pampa Waley, comprendiendo desde la unión del río Chanchamayo
con el Paucartambo
en donde toma el nombre de río Perené. De allí continuaba aguas abajo por la
margen izquierda del río Perené, hasta donde se une al río Ene para conformar
el río Tambo.
Lo primero que hicieron los ingleses fue
esclavizar a los nativos Asháninka, Yanesha-Amuesha, haciéndolos trabajar como
esclavos sin derecho a nada, acción que ocasionó la ostensible disminución de
la población indígena en forma dramática. Para estar de acuerdo con la verdad, los
principales agentes exterminadores de esta pobre gente fueron las enfermedades
desconocidas hasta ese entonces en la zona, traídas por los extranjeros y sus
asalariados costeños y serranos. Ante la multitudinaria muerte de los Asháninka
por las razones expuestas, no faltaron voces airadas de protesta de personas
sensibles, las que viendo la gran mortandad de mis compatriotas como causa del maltrato
y las enfermedades, llamaron la atención al Gobierno de turno, el
que a su vez pidió las debidas explicaciones a los ingleses concesionarios.
“Esta fue la razón para que dejaran de
utilizar la mano de obra de los naturales, sustituyéndola con la de pobladores
andinos engañados con chucherías y algunos míseros centavos junto con promesas
de altos salarios, sin saber que ponían en juego su libertad y hasta su vida.
Para lograr su objetivo y tener acceso a esta mano de obra barata andina, los
ingleses sin necesidad de dañar su imagen ante los gobernantes de ese entonces
se valieron de los servicios de enganchadores.
“Estos se trasladaban a los poblados más
pobres de los andes peruanos, en donde sabiendo que la escasez de dinero era
notoria y la pobreza generalizada, compraban materialmente a los hijos jóvenes
de los andinos, aunque también hubo muchos que se ofrecían ilusionados por los
altos jornales que les prometían y el brillo de un puñado de monedas que les
entregaban como anticipo.
“El método utilizado por estos enganchadores
consistía en hacer firmar un documento ante la autoridad local a todo aquel que
recibía unas monedas como adelanto por el trabajo que debía realizar en la
chacra de los ingleses. En el caso que el infrascrito no supiera firmar, era
suficiente que estampara su huella digital, siendo engañado miserablemente
sobre el contenido del contrato. Una vez bien informados sobre la situación por
la que pasaba este hermoso valle de Chanchamayo durante la dominación inglesa,
proseguiré delante con el relato de mi nuevo amigo que dio inicio de esta
manera:
“Mi nombre completo como usted ya sabe es
José de la Pinela Mayorga y con mucho orgullo declaro haber visto
la luz primera en un olvidado pueblo del Departamento
de Huancavelica, teniendo ocasión desde mi primera infancia de sufrir toda
clase de limitaciones, principalmente al carecer de alimentos y en fin, de todo
lo necesario para una vida medianamente normal, ya que mis padres eran muy
pobres. Pero como todos en ese poblado vivíamos bajo las mismas condiciones de
pobreza y necesidad, esto no era motivo de preocupación por considerarlo como algo
normal y corriente, siendo la razón este estado de cosas a nuestro modo ver,
para ser muy felices.
“Sí; éramos sumamente felices, dado que
contábamos con aquello que nadie podía quitarnos, gozando en verano a plenitud
de los amaneceres, los atardeceres coloridos llenos de celajes, las flores del
campo, las mariposas revoloteando, mostrando sus multicolores alas compitiendo
con las flores y en fin; los trinos con los que las avecillas nos deleitaban
desde al amanecer hasta el ocaso y en invierno; el repiqueteo de la lluvia y la
blancura de los campos cubiertos de nieve.
“Como: ojos que no ven corazón que no siente y desconociendo las formas de
vida opulenta de otros
grupos humanos, viviendo
dentro de las
estrecheces en las que convivíamos, considerábamos que nada
necesitábamos, acostumbrándonos a comer una vez al día, aunque mucha veces los
retortijón de nuestros intestinos por el hambre nos hacía lamentarnos, lamentos
que para aplacar tomábamos agua, mientras que los mayores chacchaban su coca,
puesto que a todo se acostumbra el ser humano.
“Desde
que tuve uso de razón, vi como los hacendados se llevaban a los
hombres más fuertes del pueblo para que se rompan los lomos trabajando en sus
propiedades sin pagarles, alegando que ese trabajo era el pago por vivir en sus
tierras. A nuestras hermanas mayorcitas también se las llevaban para que sirvan
en sus casas y en algunas ocasiones ya no las volvíamos a ver sin atrevernos a
reclamar y cuando empujados por las imposiciones del amor filial tímidamente
preguntábamos por ellas, los patrones nos mostraban una fotografía en la que se
le veía con ropas limpias y costosas, para luego decirnos:
.-Qué más
quieres cholo bruto? ¿Acaso no sabes que estando en la costa volverá sabiendo
muchas cosas que aquí no sospechan que existen?
“De pronto cierto día llegó un enganchador
tentando a mis paisanos con unas cuantas monedas relucientes. Los hizo dibujar
su firma en un papel que solo Dios sabía que era lo que en realidad decía,
puesto que ninguno sabía leer y después de unos días los hicieron subir a un
camión que raudo partió llevando a muchos varones de mi pueblo apiñados como
ganado y nunca más volvimos a verlos, ni supimos nada concreto de ellos, puesto
que cuando los mismos enganchadores regresaron, nos hablaron con evasivas
incomprensibles y por temor, no pedimos aclaración.
“La noticia
del enriquecimiento de aquellos enganchados que se fueron para nunca más volver, comenzaron a circular por nuestro poblado, propaladas por aquellos ya conocidos
enganchadores, que decían que no habían regresado por ingratos, porque
la riqueza los había
hecho olvidarse de los suyos. No
obstante estas noticias hicieron que arda en nuestro interior la idea de seguir
a esos afortunados con intenciones de obtener las riquezas que ellos lograron con su
trabajo, jurando no comportarnos igual y por el contrario, volver a compartir
con nuestros familiares la fortuna lograda y de ser posible, llevarlos a gozar
de ese Edén.
“Desde que tuve uso de razón no había
visto partir en el fatídico camión a ninguno de mis familiares, hasta que una
tarde que llegue de pastear las cuatro llamitas que nuestra familia poseía, encontré
a mi padre completamente borracho,
gritando y pegándole a mi madre, porque le echaba en cara el hecho de haberse
gastado en bebida todo el dinero que un enganchador le había adelantado, sin acordarse
de nuestras necesidades.
“De acuerdo a lo que escuché, mi padre
había llegado a la casa esa tarde con solo cinco soles en el bolsillo, de los
veinte que el enganchador le había adelantado para que fuera a trabajar a la
Selva. Al recordar la pobreza en la que vivíamos me dolió el corazón por el
despilfarro que mi padre había hecho de ese dinero. No obstante era el jefe de la
familia y había que respetar su decisión. Además; según nos hizo comprender era
él quien se estaba vendiendo. No obstante mi madre y todos nosotros pensamos
que cuando él se hubiera ido, ya no podríamos contar con sus brazos para las labores
cotidianas.
“Así llego el día señalado para la partida.
El Teniente Gobernador del pueblo que ganaba una moneda por cada uno de los
enganchados que subía al camión, desde muy temprano hizo vocear en las cuatro esquinas los nombres de los que tendrían que partir y entre
estos estaba el de mi padre. Durante la noche mi madre
había preparado en nuestra cocina de leña el único cuy con el que contábamos, acompañándolo
con unas sabrosas papas nuevas para el fiambre de mi padre y puedo decir sin
rubores que se me hizo agua la boca, solo al pensar en hincarle el diente.
“Además; puso en la alforja que llevaría mi
padre una pequeña taleguita conteniendo ruchuco de habas con alverjas (habas y
alverjas tostadas) y otra con la infaltable coca y cal, para que fuera
consumiéndola durante su viaje y no sienta sus rigores. Mientras esperábamos amontonados
a un costado de la placita de armas del pueblo el momento de ver partir a
nuestro padre, mis hermanitos menores se pusieron a llorar. Mi madre los imitó y
hasta yo que me había propuesto ser fuerte comencé a sentir un gran escozor en
los ojos, conteniéndome a duras penas al recordar las palabras de mis mayores
que siempre me decían:
-Los hombres no lloran carajo.
“Solo atiné a morderme los labios con fiereza
y ver entre la niebla del llanto que pugnaba por desbordarse de ms ojos, a mi
padre que muy pálido nos miraba como si deseara grabar en su retina la imagen
de sus seres amados, deteniendo su mirada en cada uno de nosotros como
presintiendo que quizá esa podría ser la última vez que nos veía. De pronto; al
ver el dolor que trasuntaba del grupo y en especial el que sabía sentía mi
madre, decidí sacrificarme por el bien de mi familia y hable de esta manera:
-Ya tengo trece años de edad mamá y puedo
ir en reemplazo de mi padre. Que él se quede con ustedes puesto que les hace
más falta que yo.
“Por un instante me dio las impresión
que otra persona había hablado por mí y
quise retractarme, pero cuando todas las cabezas se volvieron hacia mí con
asombro y vi a mi madre que había dejado de llorar y que sus facciones
delataban la gran felicidad que la embargaba, deje de pensar en ello y en la
creencia que ya no había remedio ni era el momento para arrepentirse, cuando
nombraron a mi padre me adelanté y forme una fila con los otros llamados. Fui
hasta el camión y me encaramé en él ayudado por los que iban a ser mis compañeros
de viaje.
“La cara de mi madre y la de todos mis
hermanos, incluso la de mi padre trasuntaban felicidad, más luego intentaron
mostrar gran pesar por mi partida, siendo lo último que vi en esa oportunidad
el cuadro de desesperación fingida que mi familia mal representaba. Pude así
ver como mi madre ocultaba su rostro en su rebozo (especie de mantón) para no
mostrar lo feliz que se sentía.
“El camión partió y hasta que dio
vuelta a la primera curva me fue posible ver a través de la gran polvareda que
tras de nosotros iba quedando en la carretera, los ademanes desgarradores de
los que se quedaban, los que acompañaban por un coro de chillidos que nos fue
siguiendo hasta algo más allá de un kilómetro y en mi interior, nuevamente
escuche las últimas palabras de mi padre, que con intenciones de poner consuelo
en mi alma decía:
-Un mes nomás estarás hijito.
“No obstante que sabía que fueron pronunciadas por consolarme de mi
aflicción, tonificaron mi ánimo, que mantuve al tope desde la partida hasta que
comenzamos a remontar la puna que rodeaba mi comunidad, cediendo el pase a una
especie de sonambulismo sujetándome con fuerza
al barandal para no caer, a consecuencia de los sacudones y barquinazos que los
baches del camino hacían dar al vehículo y recordé a mi Añusha y los gratos
momentos pasados en su compañía, haciendo planes para cuando fuéramos mayores y
nos fuera posible ayuntarnos.
“También
recordé como íbamos a tirar piedras con nuestras hondas a los muchachos
encargados de pastorear el ganado de la comunidad, los que nos respondían con
andanadas de diferentes calibres, haciéndonos correr quebrada abajo
sorteándolas para luego ir escondiéndonos entre los breñales, cuya vegetación
compuesta por pequeños arbustos retorcidos crecía a ambas orillas del helado
río y riéndonos de nosotros mismos al ver nuestras caras de dolor cuando
algunas gotas nos salpicaban las piernas a nuestro paso mojándolas y recordando
el susto que habíamos ocasionado a los pastorcillos. Todo esto lo pensé con
nostalgia, pero creo que lo hice en voz alta, porque todos volvieron la mirada
hacía mí cuando pensé:
-¿Dónde estarás Añusha?
“Y
luego recordé aquella mañana
en la que
un grupo de
chicos fuimos conformando la comitiva que acompañaba a las chicas, que
el capataz de la hacienda conducía con dirección a la casa del patrón, con el
objeto de entregarlas para su servicio. Entre ellas se encontraba
Añusha, de la que luego
nos enteramos la habían llevado a la costa
y de eso ya hacía algo más de un año. Solo dolor y pena encontraba en mis
recuerdos recientes, debido a lo cual creí conveniente dejar de pensar en ellos
y presté más atención al camino que íbamos recorriendo”
Don José guardó silencio y mirándome habló
con voz en la que se podía identificar cierto matiz de súplica al decirme:
-Creo que ya es tarde, así que si usted me
lo permite, mañana puedo volver para continuar narrándole mi historia, esto es
claro está, siempre y cuando le haya agradado.
¿Y cómo no me
hubiera agradado escucharla?, dado que considere que se encontraba cargada de
patéticas realidades sufridas por nuestro pueblo a diario, aquel que se
encontraba esparcido desde siempre en diversas comunidades campesinas tan
pobres, que la ignorancia era algo común y corriente entre ellos, gracias a lo
cual eran fácilmente engañados sin que
nadie se compadezca de las consecuencias de esos engaños y no lloré, debido a
que mi corazón acostumbrado a ver tanto sufrimiento se hallaba endurecido como
el de la mayoría de mis conciudadanos, incluyendo posiblemente a mis amables lectores.
CAPÍTULO SEIS
LA CONDUCCIÓN
Tal como me ofreciera Don José, se hizo
presente en mi oficina al día siguiente y como no tenía nada que hacer me
dispuse a continuar escuchando su historia, la que reinicio de esta manera:
“El runrunear continuo del motor del
vehículo que nos trasladaba, fue causante para que recuerde algunos cuentos
escuchados a los chicos con los que jugaba en ocasiones en los que decían, como
algunos enganchados al llegar a la selva trabajando se habían liberado de sus
deudas, para a continuación ganar mucho dinero, gracias al cual lograron llegar
a poseer su propia chacra, que les producía hasta cien veces lo que de una
chacra en nuestro pueblo sacábamos y desee imitarlos, pero me propuse a
diferencia de ellos, volver por mis padres y hermanos y de ser posible por
Añusha.
“No se por cuánto tiempo estuve divagando,
pero lo cierto fue que de pronto debido al cansancio que tenía encima, perdí la
noción de la realidad y posiblemente me quede profundamente dormido,
despertando con un desagradable escozor en los lomos y cuando me fue posible percatarme
con claridad de mi situación, lo que en realidad ocurría era que los dos
chunchos asistentes del zambo enganchador me golpeaban con saña la espalda,
usando para ello un zurriago de cuero trenzado de res.
“Todos mis compañeros de viaje se hallaban retirando piedras de la carretera,
las que al parecer se habían desprendido de la parte alta y yacían
desperdigadas obstruyendo el pase. Con la celeridad del caso y para evitar el
castigo me integré al trabajo, pero uno de los chunchos prosiguió castigándome
hasta que el enganchador le llamó la atención diciendo:
-¡Oye Jacinto!; no maltrates la
merca. ¿No sabes que llegando a Pampa
Waley los revisan y me descontaran por las señas de maltrato con las que llegan
estos animales? Además; me hago de mala fama, por eso es mejor matarlos y no
llegar con la merca en mal estado.
“Al cabo de tres días con sus noches,
tiempo durante el cual solo bajábamos del camión para hacer nuestras
necesidades corporales y de ese modo no dejar el hedor en el vehículo,
continuamos avanzando ya en terrenos boscosos. No obstante las paradas con el
propósito de evacuar se fueron distanciando cada vez más por falta de
alimentos, dado que los fiambres que llevábamos se habían acabado y ninguno de
los enganchados nos atrevíamos a reclamar, manteniéndonos en pie gracias a la
coca que chacchábamos.
“Fui adormeciéndome, solo con la fuerza
suficiente para sujetarme de la baranda de la carrocería para no caer, más
de pronto nos
exigieron bajar, puesto que habíamos
llegado al fin la carretera.
Todos descendimos menos uno que se
encontraba muy débil y los chunchos se vieron obligados a cargarlo como un
fardo para llevarlo
hasta un gran galpón, a donde el resto los seguimos.
“Instados por la suma exigencia
de nuestros Conductores, que apoyaban su autoridad en los zurriagos que portaban y que hacían
reventar por sobre nuestras cabezas como se hace con las reses que se llevan al
matadero, penetramos en un tambo de grandes dimensiones, permaneciendo sentados
en cuclillas sobre la tierra hasta que unas mujeres de la misma apariencia que
los chunchos que nos conducían, pusieron yucas sancochadas y trozos de una
carne asada de apariencia muy extraña sobre unas cayanas a nuestro
alcance.
“Debido al hambre que traíamos, nos
abalanzamos como bestias sobre la comida, lo cual al parecer causaba mucha
gracia a nuestros conductores, que no cesaban de reírse, pero en cuanto se
calmaron, comenzaron a repartir latigazos a diestra y siniestra con el
propósito de poner algo de orden entre nosotros y al parecer consiguieron el
resultado apetecido y de ese modo fue que pudimos participar de la comida
equitativamente.
“El
calor se dejaba
sentir con gran intensidad, nos hacía sudar a raudales, de modo que
nuestras ropas pronto se encontraron totalmente mojadas, apoderándose de
nosotros después de comer un sopor incontrolable, cayendo algunos pesadamente al suelo para quedar
profundamente dormidos, sin importarles las miríadas de mosquitos que se
cebaban en sus cuerpos.
“El sudor me caía copiosamente por la cara
amenazando dejarme ciego al rodar por mis ojos, mientras que traspasaba mis
vestimentas que se encontraban empapadas y rezumando cierto hedor que sumado al
de mis compañeros se hacía insoportable. A esto nos fuimos acostumbrando impelidos por otra necesidad de
primer orden y más imperiosas como la sed que nos devoraba.
“Era tal el calor que se dejaba sentir,
sumado al zumbido de toda clase de bichos voladores que incansables se
alimentaban de nuestra sangre, mientras otros bichos se deleitaban absorbiendo
los humores de nuestro cuerpo como consecuencia del sudor, que llegué a pensar
que había llegado sin saber cómo, al infierno del que me habían hablado en
alguna ocasión.
“De pronto nuestros conductores se
percataron de nuestra aflicción y nos llevaron arreando como ganado hasta la
orilla del río llamado San Ramón y nos instaron a ingresar a sus aguas a
latigazos. Allí intentamos saciar nuestra sed, no obstante mientras más
bebíamos esta no decrecía, pero si nuestra capacidad estomacal, de modo que con
nuestros abultados estómagos permanecimos sumergidos hasta el cuello, gracias a
lo cual nuestros cuerpos absorbieron la humedad necesaria que nos llenó de tranquilidad
por el momento.
“Fuimos saliendo de las aguas en grupos
para ir a tendernos sobre las piedras de la orilla, las que previamente mojamos
puesto que se encontraban ardientes a consecuencia del calor de los rayos
solares que caían de lleno, haciendo reverberar hasta al aire. Una vez que los
chunchos creyeron era suficiente nuestra estadía en ese lugar, nos arrearon de
regreso al galpón en donde nos habíamos alimentado.
“Sintiendo sobre el cuerpo la tiesura de mis
ropas ya secas que me raspaban hasta hacerme doler, llegamos hasta al galpón en donde
nos percatamos, que nuestro compañero enfermo había desaparecido, pero ninguno
de nosotros se atrevió a indagar al respecto, al suponer
que le había
sucedido lo que para nosotros no deseábamos y esa noche dormimos como troncos.
Pero apenas amaneció ingresaron las mujeres que ya mencioné, pero en esta
oportunidad portaban una gran olla de aluminio conteniendo yucas sancochadas,
que vaciaron sobre unas hojas de plátano que dispusieron previamente sobre la
tierra, como si fuera un mantel.
“Tras ellas hicieron su ingreso otras dos
mujeres portando una gran batea de madera, dentro de la cual había trozos de la
misma carne roja que habíamos consumido la tarde anterior. No fue necesario que
nos indicaran que fuéramos a servirnos, puesto que el hambre que llevábamos
encima era de tal intensidad, que nos arrojamos sobre la comida con
desesperación y devoramos en un santiamén cuanto había para comer.
“No paso mucho tiempo desde que dejamos
limpias las hojas de plátano que nos sirvieran de mesa, cuando ingresaron al
recinto nuestros conductores apartando violentamente a latigazos de las hojas a
mis compañeros que intentaban lamerlas y utilizando el mismo sistema de
convencimiento nos condujeron al exterior, para obligarnos a formar en fila
india.
“Luego nos colocaron grilletes en las
muñecas soldados a una cadena que nos mantenía unidos, obligándonos a marchar
por un camino de herradura que iba al borde de chacras de frutales y
pastizales. Poco antes de iniciar la marcha me fue posible escuchar como el enganchador preguntaba a uno de sus ayudantes:
-¿Te aseguraste que el agua lo llevó?
El así interrogado prestamente respondió:
-¡Sí!; claro que sí. Luego enterré sus ropas.
“Gracias a esta conversación me fue
posible enterarme de la suerte que le había cabido correr a nuestro compañero
enfermo, al que para obviar contratiempos posiblemente habían abreviado su
agonía. Después de esto solo quedaba imaginarse la suerte que esperaba al
desdichado que por cansancio pudiera entorpecer la marcha.
“Caminamos sin descanso y poco después de
atravesar un rio no muy caudaloso llegamos a un poblado llamado La Merced,
una pequeña pero muy hermosa ciudad llena de flores. Nuestros
conductores no permitieron que nos detengamos a descansar, de modo que me fue
imposible apreciar su hermosura a satisfacción, obligándonos a punta de látigo
a continuar adelante.
“Después de haber andado durante un cuarto
de hora llegamos a la playa de un pequeño río. Allí; el enganchador ordenó que
nos detuviéramos para saciar nuestra sed y refrescarnos en las aguas
cristalinas, ocasión que aprovechamos para descansar. Transcurrida casi una
hora y siempre a punta de látigos, nos obligaron a levantarnos e ingresar a un
tupido bosque compuesto por árboles muy corpulentos. “Debajo
de ese bosque habían practicado una trocha muy amplia, por la que fuimos caminando
sin descanso durante tres horas, hasta llegar a un poblado que luego me enteré
llevaba el nombre de San Luis de Shuaro.
En ese lugar descansamos hasta que salieron de las
viviendas unos chiquillos muy blancos y con el pelo amarillo. Estos nos tiraban
de pedradas mientras nos gritaban:
-¡Serranos
cochinos, apestan
a burro muerto!
¿Se
han bañado alguna vez?
“El zambo enganchador y sus ayudantes
ahuyentaron a esa bandada de rapazuelos blancos, haciendo tronar sus zurriagos
en el aire y amenazando a los palomillas con ellos. Esto fue como una señal
para que nuestros conductores dieran por
concluido el descanso y nos obligaran a que continuáramos adelante por
la bajada hasta la ribera del río Paucartambo.
“Continuamos en sentido
contrario de sus aguas, hasta ir a encontrar un puente colgante sobre cables de
acero que atravesaba el río de orilla a orilla. Por este solo era posible que
pasara una persona a la vez, de modo que nuestros conductores nos obligaron a
introducirnos de uno en uno tras el enganchador que nos precedía, hasta llegar
a una portezuela al costado de una caseta tras la cual, se veía a un gringo
armado con una carabina.
“ “El estribo del lado contrario del puente estaba conformado
por una gran roca, sobre la cual descansaba la caseta descrita con el gringo
armado en su interior. Este al parecer estaba encargado de vigilar la entrada y
salida al lugar
y en cuanto el enganchador se dio a conocer
manipuló un control y la puertecilla se abrió franqueándonos la entrada.
“Al otro lado se veía una falda
completamente despejada de árboles y totalmente cubierta con grama. Por
indicaciones de nuestros conductores continuamos conminando por un sendero que
guengueando salvaba la altura hasta una lomada. Una vez en la cumbre
continuamos caminando entre montes y después de una hora doblando un recodo
avistamos un lugar libre de bosque en el que se veía una casa de gran tamaño.
Esta había sido edificada utilizando material rústico muy bien arreglado y
pintado. Luego me fue posible
enterarme que se trataba de la
casa del administrador, un gringo gigantesco y gordo como un cerdo, que debía
pesar algo más de doscientos kilos, repartidos en sus casi dos metros de
estatura, en cuyas manos se encontraba nuestro destino”.
Don José guardó silencio y mostrándome su reloj me dijo:
-Creo que ya es tarde. Debo ir a mi casa
para almorzar con mi mujer y mis hijos, mañana le continuaré narrando mi
historia.
Deseoso de continuar escuchando esta
historia que me parecía sumamente fascinante, lo invité para que almorzáramos
juntos, invitación que acepto de buen grado y fue así como nos dirigimos hasta
el restaurante de doña Alipia, en donde consumimos nuestros alimentos mientras
hablábamos de cosas de diferente índole y una vez
concluido el almuerzo, en silencio volvimos a mi oficina y ya instalados
cómodamente, don José reinicio su narración de este modo:
APÍTULO SIETE
PAMPA WALEY
“Dejamos atrás la gran construcción en
donde tenía su vivienda el Administrador de la Concesión y siguiendo un poco
más allá, nos encontramos con unas construcciones de material noble que luego
me enteré se trataba de la Administración que los ingleses habían bautizado con
el nombre de Pampa Waley. Allí nos introdujeron a un pampón obligándonos a
desnudarnos, y utilizando una pértiga como si temieran tocarnos, nos
introdujeron a un recinto encementado en donde nos obligaron a enjabonarnos
para a continuación bañarnos con un chorro de agua salido de una manguera.
“Una vez que creyeron que estábamos
limpios, tal como nos encontrábamos fuimos pasando por una puerta al otro lado
de la cual habían dos europeos vestidos totalmente de blanco. Sobre sus cabezas
llevaban un gorro del mismo color y tapaban su boca y nariz con una mascarilla,
cubriendo sus manos con guantes de jebe transparente. Estos hombres nos examinaron
minuciosamente, aplicándonos yodo en los lugares en donde teníamos laceraduras
y a continuación consultando un papel que portaban sobre una tablilla, hicieron
anotaciones.
“Satisfechos por el resultado del examen
al que nos sometieron, nos entregaron unos mamelucos grises y nos indicaron que
con ellos nos vistiéramos, dejando para que nos vigile a un señor tan moreno
como el enganchador, pero tan grande y
gordo como el gringo administrador. Este nos miraba como lo hace el ganadero
que ve a un hato de reses. Luego sin apartar la vista de nosotros y mostrando
cara de pocos amigos, nos habló de esta manera:
-Desde hoy en adelante están bajo mis órdenes.
Me pertenecen y yo estaré siempre pendiente de su mínimo movimiento. Aquí
tienen que trabajar y trabajar y aquel que no cumple la tarea diaria impuesta
por la administración no descontará un solo centavo de su deuda, por el
contrario, la acrecentará, puesto que se le cobrará la comida y el alojamiento,
así como todos los gastos de su permanencia, incluyendo los costos de la
vigilancia de la que son objeto, teniendo que permanecer aquí trabajando hasta
que se mueran de viejos o los mate por inservibles
“Después
de pasearse delante
de nosotros como
un pavo real
ante la hembra, mientras permanecíamos amontonados
como protegiéndonos los unos a los otros, volvió a mirarnos uno por uno
mostrándonos sus dientes como si fuera a
mordernos, para a continuación seguir hablando de este modo:
-Aquí solo está permitido hacer lo que yo
les ordene y deben saber que tengo la autorización suficiente otorgada por
su gobierno para hacer lo que se me
venga en gana con sus miserables cuerpos,
puesto que me pertenecen
hasta que nos cancelen su deuda.
“Por indicaciones de nuestro celador
salimos al exterior, en donde vimos que ya era de noche. Con nuestras
vestimentas habían formado una gran ruma a la que habían rociado con gasolina
para
luego prenderles fuego. Alumbrados
con la luz de la pira fuimos guiados hasta una gran construcción de material
rústico, en el interior de la cual habían establecido un gran comedor.
“Largas mesas preparadas de maderas
rústicamente trabajadas se encontraban dispuestas de forma tal, que dejaban
corredores entre ellas para permitir el pase. Alrededor de ellas se veían
bancas del mismo material que el de las mesas, al borde las cuales formaban no
menos de trescientos trabajadores de pie, vestidos igual que nosotros, a los
que nos obligaron a integramos.
“Delante de cada lugar había un plato de
madera conteniendo una sopa de arroz con carne y en el centro una cayana con
yucas sancochadas aún humeantes. De pronto se escuchó el estridente silbido de
un pito y los presentes tomaron asiento en sus respectivos lugares, siendo
imitados por los que recién llegábamos.
“Conforme consumíamos la sopa, unas
mujeres vestidas con Cushma (vestido típico de los nativos) colocaban platos
conteniendo un guiso de yuca con carne. Más de pronto se escuchó otro silbato
que era la señal que indicaba que la comida había concluido y aunque muchos de los
asistentes aún tenían sus platos con comida, los obligaron a salir para todos
juntos ser conducidos a unos galpones en donde el negro encargado de nuestra
vigilancia nos señaló unas tarimas desocupadas. Allí me arroje tal como me
encontraba con mi ropa puesta, dado que el cansancio que llevaba encima era
insoportable, quedándome de inmediato dormido.
“Me dio la impresión de no haber transcurrido ni una hora, cuando fui despertado por el estridente sonido
del pito ya conocido y sin tener tiempo y como un autómata, imitando el
proceder de mis compañeros de cuarto doblé las cobijas y las
coloqué en la cabecera de la tarima en la que había pasado la noche y fui a
parame a los pies de la cama imitando al resto de compañeros, los que siguiendo
la indicación de un celador fueron a formas una fila a la que me integre.
“Luego, obedientes al llamado de una voz
emitida por un megáfono, caminamos hasta el galpón que servía de comedor en el
que se repitió el ritual ya descrito la noche anterior y una vez concluido este
acto y siguiendo órdenes de nuestro celador, salimos al exterior en donde el
viento llegaba en oleadas por momentos muy fresco, seguido de hondas cálidas no
obstante la fresca mañana.
“En el exterior nos esperaban unos
camiones sobre cuyas tolvas nos indicaron subir, quedando prácticamente
prensados. Los vehículos partieron siguiendo sobre una sinuosa carretera
afirmada y llena de baches, siempre en
ascenso. Después de casi una hora de traqueteo llegamos a un gran canchón
totalmente desprovisto de vegetación, en donde se veían unas construcciones de
material rústico del tipo que después tuve la oportunidad de ver con mucha
frecuencia en los pueblos Asháninkas y Amueshas de la selva central.
“Este lugar estaba rodeado de plantas de
café cargadas de frutos rojos como cerezos maduros hasta reventar, esperando
ser cosechados. A cada uno de nosotros nos proveyeron de un equipo de cosecha compuesto de una manta, un
canasto de regular dimensión y una vara
de madera como de tres metros de largo
y pulgada y media de grosor. Nos dieron como
tarea una cantidad determinada de canastos, que debíamos de entregar llenos de
café cerezo cada día.
“El café entregado era vaciado en una
tolva, desde donde iba cayendo en unas despulpadoras y ya despulpado, caía a
una acequia con agua corriente que lo arrastraba hasta una piscina, en donde
una vez llena de café casi hasta el borde, permanecía por espacio de tres días
y tres noches para que fermentara. Pasado el tiempo requerido para la
fermentación introducían unas bombas del tipo sumergible en cada piscina, con
el objeto de bombearlo para de ese modo conducirlo por tuberías hasta casi
veinticinco kilómetros más abajo.
“Allí era recibido en unas parvas de
secado ya sin mucílago por el efecto de la fricción, para secarlo al Sol que
por cierto era muy ardiente. Luego era seleccionado y embazado, quedando listo
para ser enviado al centro de acopio desde donde era conducido en camiones
hasta el Callao, para ser embarcado y enviado a Inglaterra. La cosecha del café
cerezo era toda una competición entre los obreros, caracterizada ésta por la
deslealtad extrema imperante, puesto que cada obrero trataba de completar su
tarea recurriendo si fuera necesario al robo, dado que allí imperaba la ley del
más fuerte, en donde el más débil y pequeño del grupo era despojado de su
cosecha a viva fuerza.
“Esta ley me ocasionó durante los primeros
días sinsabores traducidos en golpes y vejámenes al intentar defender mi trabajo,
razón debida a la cual me vi forzado a
hacer una alianza con otros dos jóvenes
más o menos
de mi edad, para de ese modo unidos
hacer respetar nuestros derechos y poder defendernos con éxito de los ataques
de los abusivos. Fue así como logramos completar nuestras tareas y hasta entre
los tres unidos obtener dos o tres tareas semanales adicionales. Muchos de
nuestros compañeros de trabajo no obstante ser mayores, les era imposible
completar una tarea diaria, recibiendo castigos corporales de manos de los
capataces por esa razón. De este modo fue como llegó el primer mes de mi
permanencia en Pampa Waley.
“Era domingo en la mañana, cuando nuestros
capataces nos condujeron frente a la oficina del Administrador, en donde el
gringo colorado gordo y de dimensiones gigantescas nos dirigió la palabra, por
medio de un altoparlante y por espacio de casi media hora. En ese tiempo
parloteo, se rio y grito, pero en cuanto a mí, me fue imposible comprender
mucho de lo que dijo, no obstante gracias a mis compañeros me enteré de que
había tratado de comunicarnos lo que traducido en buen castellano era más o
menos lo siguiente:
-No sé si es que todos ustedes
podrán entender lo que deseo comunicarles, pero eso me tiene sin cuidado. No
obstante aquel que tenga interés por lo que voy a decir, puede preguntarle a
sus compañeros que si me entienden.
Ustedes están en Pampa Waley territorio Ingles y yo como administrador
soy la ley, ya que aquí solo se hace lo que a mí me place.
“Hizo una pausa, después
de la cual
prosiguió hablando de este modo:
-Ya posiblemente sabrán que la primera ley
que deben cumplir se sintetiza en estas
palabras: Aquel que no trabaja no come y
como el que no come no puede trabajar, es candidato seguro a la muerte. Nosotros
no queremos muertos sino trabajadores vivos, así que les daremos de comer, cobrándoles.
“Otra pausa, después de la cual prosiguió
hablando de esta manera:
-Su Gobierno los ha vendido a mi empresa
junto con estas tierras. No obstante como los ingleses somos cristianos y no
podemos aprovecharnos de las ventajas que nos permite tratarlos como esclavos,
les pagamos un jornal, pero estamos en nuestro derecho de exigirles rendimiento
y aquel que no sea capaz de completar su tarea, solo podrá comer como ya les di
a saber pagando su comida y por lo tanto, su cuenta ira en aumento.
“Nuevamente hizo una pausa para proseguir
hablando de este modo:
-Tengo también que comunicarles que de
aquí es imposible escapar, puesto que solo podrían hacerlo pasando por el
puente. No deseo hablar de lo que les ocurriría a aquellos que intenten hacerlo
por las aguas del río cuando están bajas de nivel, pero deben saber que fuera
de los cafetales es sumamente peligroso transitar, puesto que existen
caníbales. Además; tenemos guardias patrullando por los alrededores con órdenes
terminantes de disparar a matar, sobre aquel que vean ejecutando movimientos sospechosos fuera de
las plantaciones.
“También hizo algunas bromas respecto a
nuestra situación y una vez
que hubo concluido se introdujo en su oficina bamboleándose con aires de gran
señor y con razón, puesto que tal como lo había expresado, su palabra era la
ley que primaba dentro de los linderos de
la gran concesión inglesa, de algo más
de medio millón de hectáreas de extensión, las que solo se habían fijado en el
mapa.
“Debido a esto era que existía la
posibilidad casi cierta, que la Concesión físicamente sobrepasara la cantidad
de hectáreas fijadas en el contrato, puesto que habían colocado hitos señalando
sus linderos y ya no había nada por discutir y tal como los imperialistas de
antaño procedieron en sus colonias, rebautizaron algunos ríos y lugares con los
nombres que les traía el recuerdo de su suelo patrio.
“Algunos trabajadores lograban entregar el
número de canastas que constituían la tarea antes que termine la jornada
diaria, dedicándose en esos casos a seguir cosechando hasta la hora de la
partida y todo el café en cerezo cosechado en ese lapso de tiempo extra lo
escondían entre las malezas, para con el completar otra tarea al día siguiente.
“Pero había otros pícaros que sin que los dueños del
café escondido se percataran, los espiaban y simplemente cambiaban de lugar el café
extra cosechado para su provecho. En cierta ocasión uno de los así agraviados
deseoso de obtener justicia se presentó ante el capataz acusando al ladrón,
pero solo consiguió esta contestación:
-¿Quieres acaso que sea tú niñera? ¡No seas tan torpe y aprende a defender tus derechos
cholito de mierda! Aquí cada uno
defiende lo suyo. No sé cómo lo harás, pero ese es tú problema y no el mío.
“Y el hombre despechado se vio forzado a
continuar bajo el mismo régimen”
El tiempo había transcurrido sin que nos
percatáramos de ello, así que don José se disculpó y se dispuso a marchar a su
domicilio, entonces fui yo el que en esa ocasión le rogué que volviera al día
siguiente para que prosiguiera con su narración y así lo prometió.
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